Congregación de Jesús y María

La Congregación de Jesús y María fue fundada por San Juan Eudes el 25 de Marzo de 1643.

Después de la muerte de san Juan Eudes, la Congregación continuó su desarrollo. En vísperas de la Revolución Francesa, los Eudistas dirigían quince seminarios junto con algunos colegios y parroquias.

La Revolución, en 1792, cerró las casas y dispersó a los padres. Cuatro de ellos, encabezados por el padre Francisco Luis Hébert, coadjutor del supe¬rior general, fueron martirizados en París. La Igle¬sia los beatificó en 1926.

La Congregación se reconstruyó tardíamente (1826) y con dificultad, alrededor de uno de sus antiguos miembros, el padre Pedro Blanchard. Los Eudistas se dedicaron principalmente a la tarea, entonces urgente, de la educación cristiana en los colegios. A partir de 1883, la fundación de varios seminarios en Colombia les permitió reanudar la obra tradicional de la comunidad. En 1890 se esta-blecían en el Canadá.

En 1984, la Congregación se encuentra en ocho países y cuenta con cuatro provincias: la provincia de Francia (Francia, Costa de Marfil, Benin); la provincia de Colombia (Colombia, Ecuador y Re-pública Dominicana); la provincia de América del Norte (Canadá y Estados Unidos) y la provincia de Venezuela.

Los Eudistas, obreros de la evangelización, trabajan por la renovación de la fe en el Pueblo de Dios. Preocupados porque la Iglesia tenga siempre buenos pastores, colaboran, según sus posibilidades y el llamamiento de los obispos, en suscitar vocaciones, en la formación y en el servicio a los presbíteros y demás ministros.

Los Eudistas quieren continuar y completar en sí mismos la vida de Jesús y, con san Juan Eudes, reconocen como fundamentos de la Congregación:

•la gracia divina, de la cual deben estar colmados para comunicarla a los demás.

•la voluntad divina, para ser, como Jesús, sus servidores en toda su vida.

•la cruz de Jesús, que toman sobre sí, renunciando a sí mismos, para caminar en pos del Señor.

•Finalmente, un amor profundo, ardiente y personal a Jesús y María, a quienes la Congregación pertenece como su familia.

Fieles a su fundador, los Eudistas rinden homenaje de adoración al Corazón amantísimo de Jesús que revela a los hombres el amor de Dios.

Bajo la acción del Espíritu, aprenden del Hijo a amar al Padre y amarse los unos a los otros.

Honran el Corazón de María, unido inseparablemente al de Jesús y modelo de esta unión. A ejemplo de san Juan Eudes, los Eudistas no quieren tener otro espíritu que el espíritu de Jesús, sumo Sacerdote, adorador del Padre, salvador de los hombres, cabeza de la Iglesia que es su cuerpo y del cual son miembros.

La Congregación quiere que sus miembros, realizando su apostolado, se encaminen hacia la santidad a la que están llamados por la gracia de su bautismo y de su ordenación.

Ella les ofrece la vida de hermanos, llevada en común, que se nutre en la Eucaristía, la Palabra de Dios y la oración. También les brinda, junto con todas las riquezas de la tradición de la Iglesia, su propio patrimonio, de manera especial la doctrina y el ejemplo del fundador y de sus discípulos.

San Juan Eudes fundó una congregación que es a la vez apostólica y fraterna. Él quería que sus sacerdotes sean santos, porque su sacerdocio es también santo. Por lo tanto, no tenemos más votos que aquellos de las promesas del sacerdote ordinario y los adquiridos por el bautismo. En la Iglesia de hoy esto se conoce como Sociedad de Vida Apostólica.

Por eso los eudistas, como miembros de una sociedad de vida apostólica, buscan desarrollar las cualidades que favorecen la vida y el trabajo en común: apertura de espíritu, respeto a los demás, capacidad para escuchar y dialogar.

Viven en comunión con la Iglesia particular dentro de la cual trabajan. Bajo la dirección del obispo, ejercen, en espíritu de corresponsabilidad, los ministerios que les son confiados. Aceptan plenamente seguir las orientaciones diocesanas, regionales y nacionales. Se empeñan en buscar el bien de todas las iglesias. Su pertenencia a una Congregación que se halla presente en varios continentes los ayuda a penetrarse del sentido de la catolicidad en la Iglesia dentro de la cual trabajan.

Su comunión en una misma fe y en una misma solicitud apostólica manifiesta el poder del Espíritu de Jesús que une a los hombres: ella es el signo del nacimiento del mundo nuevo, inaugurado por la resurrección, en el que la plenitud de la Ley es el Amor